Reflexiones sobre el mundial futbol

La final de una cita mundialista nunca marca únicamente la terminación de un torneo más. También señala el comienzo de una reflexión, un pensamiento y de algunas dudas. Durante más de un mes el fútbol concentra la atención del planeta, une culturas, despierta emociones y convierte a millones de personas en expertos, críticos y soñadores. Sin embargo, cuando el último campeón levanta el trofeo y las celebraciones terminan, queda una pregunta mucho más importante que el resultado final: ¿Qué nos enseñó realmente este Mundial?

El partido que cerro el torneo nos mostró dos fuerzas desequilibradas, una escuadra monopolizo el balón casi todo el encuentro, hubo un solo equipo en la cancha, Argentina fue incapaz de encontrarse en el terreno de juego y tener el control de balón, la estadística de tiempo de posesión a favor de España fue abrumadora, ridícula y hasta vergonzosa. El entrenador español Luis de La fuente ejecuto algo que parece muy sencillo, pero, le tomo muchos años plasmar en el terreno de juego: no prestarle el balón a nadie durante el torneo. Ese método inventado y perfeccionado en la “Masia’ del Barcelona rindió frutos a largo plazo. Argentina a su vez, es un equipo totalmente distinto sin el balón, Messi no aparece cuando esto pasa. Uno de los principios básicos del futbol es la distribución del esfuerzo, todos corren igual; si presiona uno, presionan todos. Eso no sucedió con Argentina; en mi opinión Messi no debió empezar el encuentro, hubiese tenido que entrar en el segundo tiempo, talvez faltando veinte minutos para el final, pero, aquí vine otra verdad: Las jerarquías también juegan el futbol.  Hoy no existe un entrenador en el mundo que se hubiera atrevido a dejarlo en la banca. Scaloni estaba obligado a jugársela con él, de otra manera se hubiera echado al país entero encima; es decir, la maquinaria comercial que envolvió a Messi todo el torneo, obligo al cuerpo técnico a dejarlo en el campo en todos los partidos, escenarios donde pudo lucir su futbol debido a que en la mayoría de los encuentros tuvieron el control de la pelota, pero, cuando enfrentaron a una selección como la española, las cosas cambiaron completamente; dé este modo, Argentina jugo en inferioridad de condiciones en la final, Messi no corre a la par de sus compañeros cuando hay que recuperar el balón, podrán decir algunos que es mejor mantenerlo en el campo para cobrar algún tiro libre, pescar algún balón fuera del área etc. Pero, para eso, primero necesitas tener el balón. Después de la expulsión de Enzo Fernández la cosa se puso más difícil todavía para Argentina, fue entonces que tuvieron que apostar por la suerte y tratar de aguantar hasta los tiros de penalti; pero, esta vez la suerte no llego a New Jersey. El equipo argentino dio demasiada ventaja en mi opinión, especialmente en contra de un grupo diseñado para tener el balón todo el tiempo. Por otro lado, pienso también que tanto los sudamericanos como los españoles no enfrentaron verdadera oposición en el torneo, Argentina encontró en Inglaterra a su mejor contrincante, quien cometido el error de entregarles el balón luego de anotar su primer gol y España en Francia, quien sin el esférico, resulto ser un equipo muy predecible y frágil a la defensiva. Esto me lleva a realizar una crítica más profunda de lo que ocurrió en este mundial y preguntar:

¿Es posible que el fútbol mundial haya reducido tanto la cantidad y calidad de grandes selecciones que hoy un campeón encuentre menos oposición que hace cuarenta años?

 Más allá del campeón, de las estadísticas y los récords, este torneo dejó señales que merecen analizarse con calma, porque quizá estamos presenciando una transformación mucho más profunda de la que imaginamos. La primera fue la expansión a cuarenta y ocho selecciones. Durante décadas el Mundial fue considerado el torneo más difícil del deporte porque reunir a las mejores treinta y dos selecciones del planeta implicaba dejar fuera a equipos de enorme calidad. Ahora la FIFA decidió abrir la puerta a más países con el propósito de hacer el fútbol más incluyente y verdaderamente global. La idea tiene méritos evidentes. Más naciones tienen la oportunidad de vivir la experiencia mundialista, nuevos mercados se incorporan al espectáculo y millones de aficionados pueden ver a su país competir en el escenario más importante del deporte. Sin embargo, la otra cara de la moneda, muestra una realidad diferente. Cuando aumenta el número de participantes también disminuye el nivel promedio de la competencia. El reto para el futuro será encontrar el equilibrio entre la inclusión y la excelencia deportiva. El evento debe seguir siendo una celebración universal, pero también debe conservar el prestigio de reunir al más alto nivel futbolístico del planeta.

Desde hace ya varios campeonatos del mundo tengo la sensación de que el nivel técnico individual ha comenzado a disminuir lentamente. No significa que hoy existan malos jugadores. Todo lo contrario; nunca antes hubo jugadores tan veloces, fuertes, disciplinados tácticamente y tan preparados desde el punto de vista físico atlético. Pero, el fútbol nunca fue únicamente una competencia de velocidad o resistencia. Durante gran parte del siglo pasado el balón pertenecía a artistas. Cada selección importante tenía varios jugadore capaces de cambiar un partido con una sola jugada. Brasil reunía generaciones repletas de talento y personalidad. Argentina producía continuamente jugadores extraordinarios. Italia era un referente táctico con su conocida forma de defender. Alemania imponía disciplina y carácter. Holanda revolucionaba permanentemente la forma de entender el juego. Francia, España, Yugoslavia, la Unión Soviética e incluso selecciones sudamericanas de menor tradición aportaban jugadores inolvidables. Hoy la realidad parece diferente. Existen grandes jugadores, por supuesto, pero cada vez aparecen menos figuras capaces de marcar una época. Los equipos son más físicos, más organizados, más veloces y más intensos, pero también más parecidos entre sí. El futbolista creativo parece haber cedido terreno al atleta perfectamente preparado para cumplir funciones específicas dentro de un sistema. Tal vez hemos ganado eficiencia, pero hemos perdido parte de la imaginación que hizo del fútbol el deporte más hermoso del planeta. Basta observar la historia reciente. Brasil no conquista una Copa del Mundo desde 2002. Argentina ha atravesado largos periodos de irregularidad entre sus títulos. Alemania dejo de competir después del 2014, Holanda continúa produciendo buenos equipos, pero ya no ejerce la influencia en el juego que tuvo durante décadas. Italia, una de las mayores potencias de todos los tiempos, ni siquiera consiguió clasificarse para tres ediciones consecutivas y el resto de los sudamericanos, solo van a participar dignamente. Son señales que, vistas por separado, podrían parecer simples coincidencias. Analizadas en conjunto, comienzan a dibujar una tendencia preocupante. Ninguna selección llega por casualidad a una final. Todas deben superar obstáculos pero, el verdadero nivel competitivo de cualquier campeón siempre dependerá de la calidad de la oposición que encuentra en su camino. España, en 2010, conquistó por primera vez en su historia la Copa del Mundo, aunque gano seis partidos, y termino con un total de ocho goles anotados, siendo esta la menor cantidad de ocasiones en la historia por parte de un campeón del mundo. Argentina, en sus diferentes apariciones, también ha enfrentado contextos competitivos muy distintos dependiendo de la generación que le tocó enfrentar. En cambio, cuando observamos los torneos de las décadas de los ochenta y noventa encontramos escenarios donde varias selecciones llegaban simultáneamente en plenitud futbolística y con planteles mucho más bastos en cuanto a figuras de calidad mundial. Existía la sensación de que cualquier eliminación directa enfrentaba a dos auténticos gigantes del deporte. Aquellos campeonatos estaban repletos de leyendas que hoy siguen siendo referencia obligada para cualquier aficionado. Quizá esa sea la verdadera diferencia entre aquellas generaciones y las actuales.

Me resulta fascinante imaginar a Cristiano Ronaldo vistiendo la camiseta de Portugal veinte años antes de lo que realmente ocurrió. Defendiendo los colores de su país se quedó solo como “una quinceañera sin chambelanes” Cuando debutó con la selección portuguesa en 2003, el país estaba viviendo los últimos años de una generación extraordinaria, era un equipo lleno de talento. Allí estaban Luís Figo, Rui Costa, Fernando Couto, Pauleta, Nuno Gomes, Ricardo Carvalho, Deco, Maniche, Costinha, Miguel y Ricardo Pereira. Muchos de ellos habían sido protagonistas de una de las mejores generaciones en la historia del fútbol portugués. En su andar por la selección no pudo encontrar nunca más compañeros ni siquiera cerca a la calidad de los anteriores. Al retirarse después de este mundial, lo cual parece ser lo más lógico, la pregunta quedara sin respuesta: ¿Qué hubiera pasado si esa generación de estrellas hubiese contado con Cristiano Ronaldo?

No necesariamente existen campeones menos merecedores. Tal vez existen menos gigantes capaces de impedirles llegar hasta el último partido, menos obstáculos que librar. Y si esa hipótesis resulta cierta, entonces el desafío ya no corresponde únicamente a la FIFA. Corresponde a las federaciones de cada país. El futuro del fútbol no dependerá solamente de mejores estadios, mayores inversiones o tecnologías más sofisticadas. Precisara el volver a formar jugadores completos, creativos, inteligentes, que tomen buenas decisiones dentro del campo; niños capaces de pensar antes de correr. Jóvenes que aprendan a resolver problemas con el balón no solo con la fuerza física. Se necesitan academias que privilegien la creatividad sin abandonar la disciplina, ni buscar solo el provecho económico. El fútbol necesita volver a enamorarse del talento, el cual sigue siendo el recurso más escaso y más valioso que existe dentro de una cancha. Este Mundial también nos dejó muchas preguntas acerca de la tecnología. Nos recordó que esta seguirá evolucionando y sorprendiendo, pero nunca sustituirá completamente el juicio humano. Nos enseñó que abrir las puertas a más países representa una enorme oportunidad, aunque también un gran desafío competitivo. Y sobre todo, nos obligó a mirar hacia el futuro de nuestro deporte favorito, con una mezcla de ilusión y preocupación. Quizá dentro de algunos años descubramos que este torneo marcó el inicio de una nueva era donde el fútbol deberá decidir si quiere seguir formando atletas extraordinarios o volver a producir artistas capaces de cambiar la historia con un solo toque de balón. Porque al final, más importante que celebrar a quién ganó este Mundial, será descubrir qué clase de fútbol heredaremos a las próximas generaciones.

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